El presidente Javier Milei se apresta a presentar el proyecto de Presupuesto 2026 en un contexto donde la tensión con los gobernadores y la oposición vuelve a quedar en primer plano.
No se trata solo de una discusión técnica sobre números, sino de un test político que marcará el rumbo del vínculo entre la Casa Rosada y las provincias.
Desde el interior productivo, la lectura es clara: el equilibrio fiscal puede ser una meta compartida, pero la forma de alcanzarlo es lo que divide aguas. Los mandatarios provinciales ya anticiparon que no tolerarán un tercer año consecutivo sin una nueva Ley de Presupuesto. Reclaman un debate con fechas claras y citaciones a funcionarios, en un intento de evitar que el Ejecutivo vuelva a manejar discrecionalmente los fondos mediante prórrogas.
La posición de algunos gobernadores –como Cornejo, Frigerio o Zdero– abre una ventana de negociación, pero otros, como el jujeño Carlos Sadir, advierten que la “motosierra” perdió legitimidad social. La frase de Sadir es elocuente: “Hace falta un bisturí, no un hachazo”. Esto refleja la creciente presión para que el ajuste no recaiga sobre los sectores más vulnerables.
El oficialismo, por su parte, insiste en que el déficit cero es innegociable. Sin embargo, el desgaste político por derrotas legislativas y el rechazo a vetos recientes ponen en duda la capacidad del Gobierno para imponer un presupuesto sin concesiones.
En definitiva, el debate sobre el Presupuesto 2026 excede el plano económico. Se transformará en un escenario de pulseada política donde se definirá si Milei logra encauzar el vínculo con los gobernadores o si se profundiza el clima de confrontación. Para las provincias, lo que está en juego es la distribución de recursos en un año donde cada peso se mide como oxígeno.
