La inteligencia artificial avanza con fuerza en la región. Su potencial para transformar la educación es enorme, pero también lo son los desafíos en infraestructura, formación docente, ética y equidad.
Por: Camila Torres – Tecnología / Sociedad
La irrupción de la inteligencia artificial (IA) en la vida cotidiana avanza a un ritmo acelerado. Sus posibilidades son amplias: automatiza procesos, analiza grandes volúmenes de datos, personaliza contenidos y potencia capacidades humanas. Sin embargo, ese mismo poder plantea interrogantes profundos, especialmente en el campo educativo, donde el factor humano sigue siendo central.
Para Eugenio Severín, director ejecutivo de la organización chilena TuClase, la IA está provocando “cambios profundos y paradigmáticos en la forma de relacionarnos, de crear conocimiento y de construir narrativas”. El problema, advierte, es que aún no se conocen los límites reales de esta tecnología. Por eso considera clave asegurar que “la última decisión responsable respecto a su uso sea siempre ejercida por los humanos”.
Infraestructura: el primer gran obstáculo
En América Latina, el acceso desigual a tecnología y conectividad amenaza con ampliar aún más la brecha educativa. Soledad Ortúzar, directora ejecutiva del Centro de Innovación en Liderazgo Educativo de la Universidad del Desarrollo, explica que sin infraestructura mínima “no es posible aprovechar el potencial de la IA”. Esto incluye conectividad estable, dispositivos adecuados y personal formado para operarlos.
Marcela Tenorio, investigadora del Centro de Mejora de los Aprendizajes de la misma universidad, agrega que hablar de IA sin resolver lo básico “es ilusorio”. Recuerda que la IA no se limita a modelos generativos como ChatGPT: también comprende sistemas de recomendación, análisis de datos, detección de patrones y plataformas adaptativas, cada una con requisitos técnicos y regulatorios específicos.
Formación docente y riesgo de desigualdad
La preparación del profesorado es otro punto crítico. La mayoría de los programas de formación inicial “no incluyen contenidos sustantivos sobre datos, algoritmos o ética digital”, advierte Tenorio. Esta falta de capacitación puede profundizar las desigualdades existentes, especialmente si solo algunas instituciones acceden a herramientas avanzadas.
A ello se suma un fenómeno reciente: la proliferación de influencers educativos sin formación profesional, que influyen en decisiones, debates públicos e incluso proyectos de ley sin basarse en evidencia científica. Para los especialistas, este ruido informativo dificulta la adopción responsable de tecnologías emergentes.
Menos carga administrativa, más tiempo pedagógico
Pero la IA no solo impacta en el aula. También puede aliviar tareas administrativas que hoy consumen grandes cantidades de tiempo docente y directivo. Ortúzar sostiene que si estas tecnologías logran hacerse cargo de la gestión, desde sistematizar información hasta agilizar trámites internos, se liberará tiempo valioso para el liderazgo pedagógico y la atención personalizada a los estudiantes.
La IA también ofrece un enorme potencial para trabajar la diversidad en el aula. Gracias a plataformas adaptativas y contenidos individualizados, los estudiantes pueden aprender a ritmos distintos, con materiales alineados a sus necesidades y motivaciones.
Mirada crítica y regulación
Ante este escenario complejo, los expertos coinciden en que la IA debe ser integrada con reflexión y marcos regulatorios claros. Hoy, muchos países latinoamericanos carecen de normativas completas sobre transparencia, protección de datos y responsabilidad en el uso de estas tecnologías.
Chile es uno de los pioneros, con un Marco Orientador de Competencias Digitales Docentes que guía —sin imponer— el desarrollo profesional docente. Para Severín, lo interesante de este enfoque “es que prioriza las prácticas de enseñanza que promueven el buen aprendizaje, y cómo las tecnologías pueden contribuir a una docencia de calidad”.
En definitiva, la clave será mantener el equilibrio: aprovechar la IA como herramienta de apoyo sin desplazar el criterio humano. Como señala Severín, “el pensamiento crítico y la conciencia de que nuestras decisiones deben prevalecer son esenciales para que la IA realmente potencie la educación y no la distorsione”.
