Mientras el estrés, las pantallas y la incertidumbre enfrían el deseo juvenil, muchas personas mayores viven la intimidad con más libertad y menos prejuicios.
Durante décadas, la sociedad relacionó la juventud con una vida sexual intensa y reservó para la vejez una imagen marcada por la pérdida del deseo. Sin embargo, diferentes investigaciones comienzan a mostrar una realidad más compleja: una parte de los jóvenes mantiene menos relaciones sexuales, mientras numerosos adultos mayores descubren una etapa de mayor libertad afectiva y erótica.
No significa que las personas mayores tengan más sexo que los jóvenes en términos generales. La frecuencia continúa disminuyendo con la edad y depende de la salud, la presencia de una pareja y las circunstancias personales. Lo novedoso es que la sexualidad no desaparece después de los 60 y que, para muchas personas, incluso puede mejorar.
Jóvenes conectados, pero con menor intimidad
Una investigación publicada en JAMA Network Open detectó un marcado aumento de la inactividad sexual entre los adultos jóvenes de Estados Unidos.
Entre los varones de 18 a 24 años, el porcentaje que no había mantenido relaciones durante el último año pasó del 18,9% al 30,9% entre comienzos de los años 2000 y el período 2016-2018. La proporción que tenía encuentros al menos una vez por semana cayó del 51,8% al 37,4%.
Entre los 25 y 34 años también aumentó la inactividad: pasó del 7% al 14,1% en los hombres y del 7% al 12,6% en las mujeres.
Los datos corresponden a Estados Unidos y no pueden trasladarse automáticamente a la Argentina, pero coinciden con señales registradas en otros países. El fenómeno ya es conocido como “recesión sexual juvenil”.
El deseo no desapareció: cambió el escenario en el que debe aparecer. Jornadas laborales extensas, empleos inestables, dificultades para independizarse, ansiedad, cansancio, preocupación económica y exposición permanente a las pantallas compiten con el tiempo necesario para construir intimidad.
Muchas personas llegan al final del día agotadas física y mentalmente. El encuentro queda postergado, se vuelve ocasional o directamente es reemplazado por consumos digitales.
Mucho estímulo y poco encuentro
Las redes sociales y las aplicaciones de citas multiplicaron las posibilidades de contacto, pero no necesariamente facilitaron la intimidad. Elegir constantemente entre perfiles puede producir frustración, comparación física, miedo al rechazo y la sensación de que siempre existe una opción mejor.
El erotismo juvenil también se encuentra cada vez más mediado por pantallas, conversaciones virtuales, intercambio de imágenes y contenidos sexuales. Estas experiencias forman parte de la sexualidad contemporánea, pero no siempre se transforman en encuentros presenciales, afectivos o satisfactorios.
Además, las nuevas generaciones revisan modelos anteriores. Existe mayor conciencia sobre el consentimiento, los límites personales, la diversidad sexual y el derecho a no tener relaciones por presión social. Tener menos sexo, por lo tanto, no es necesariamente un problema: solo lo es cuando provoca angustia, frustración o aislamiento.
La tercera edad se libera de antiguos mandatos
En el otro extremo generacional, muchas personas mayores comienzan a vivir una sexualidad diferente. Ya no existe el temor a un embarazo, disminuyen algunas obligaciones laborales y familiares, hay mayor conocimiento del propio cuerpo y menos necesidad de cumplir con expectativas externas.
Después de décadas de experiencia, algunas parejas aprenden a hablar con mayor sinceridad sobre sus deseos. Otras personas reconstruyen su vida afectiva después de una separación o viudez y encuentran nuevos vínculos a través de actividades sociales, viajes, clubes y aplicaciones.
Una histórica investigación realizada en Suecia mostró que, entre 1971 y 2000, la proporción de hombres casados de 70 años que mantenía relaciones sexuales pasó del 52% al 68%. Los investigadores también observaron un aumento entre las mujeres y una mejora en la valoración de la vida sexual.
Estos cambios se relacionan con una mejor expectativa de vida, tratamientos médicos más efectivos, mayor autonomía y el debilitamiento de la idea de que el erotismo pertenece exclusivamente a los jóvenes.
El erotismo no depende solamente del rendimiento
Con el paso de los años pueden aparecer dificultades de erección, cambios hormonales, sequedad vaginal, enfermedades crónicas o efectos secundarios de medicamentos. Sin embargo, ninguna de estas situaciones implica el final de la sexualidad.
En la madurez, el encuentro suele modificar su ritmo. Ganan espacio las caricias, los besos, la conversación, el contacto corporal y otras formas de placer que no dependen exclusivamente de la penetración.
La experiencia puede reemplazar a la velocidad y la intimidad puede adquirir un sentido más amplio. Para algunas personas mayores, el sexo deja de sentirse como una prueba de rendimiento y se transforma en una forma de compañía, comunicación y bienestar.
No es una competencia entre generaciones
La comparación no pretende afirmar que los adultos mayores disfrutan y los jóvenes no. Dentro de cada generación existen realidades muy diferentes.
Hay jóvenes con una vida sexual activa y satisfactoria, así como personas mayores atravesadas por la soledad, problemas de salud, ausencia de pareja o prejuicios familiares. También existen quienes, a cualquier edad, eligen no mantener relaciones y viven esa decisión plenamente.
La verdadera transformación está en comprender que la sexualidad acompaña toda la vida. La juventud no garantiza deseo permanente y la vejez no obliga a renunciar al placer.
Quizás la paradoja de nuestro tiempo sea esa: quienes supuestamente disponen de mayor energía están muchas veces agotados por el ritmo cotidiano, mientras quienes lograron desacelerar encuentran el tiempo y la libertad necesarios para volver a encontrarse.
