¿El celular está cambiando la forma en que aprende el cerebro?

¿El celular está cambiando la forma en que aprende el cerebro?

Niños y adolescentes crecen entre videos breves, notificaciones y estímulos permanentes. La neurociencia estudia qué relación puede existir entre estos nuevos hábitos, la atención, la memoria y el control de impulsos. Las evidencias preocupan, pero todavía quedan preguntas importantes sin respuesta.

Nunca una generación atravesó su infancia y adolescencia con acceso permanente a semejante cantidad de información.

Un teléfono puede concentrar simultáneamente conversaciones, juegos, música, videos, redes sociales, noticias, tareas escolares e inteligencia artificial.

Para el cerebro de un adulto representa un cambio enorme. Para un cerebro que todavía se encuentra en desarrollo, la pregunta adquiere otra dimensión:

¿puede esta nueva forma de consumir información modificar también nuestra manera de prestar atención y aprender?

La neurociencia está intentando responderla.

El cerebro no cambia el occipital por el frontal

Una explicación frecuente sostiene que las nuevas tecnologías estarían llevando al cerebro a utilizar más las regiones frontales y menos las occipitales.

La realidad es bastante más compleja.

Cuando observamos una pantalla, la información visual continúa siendo procesada inicialmente por sistemas que incluyen la corteza occipital. Después intervienen numerosas redes cerebrales relacionadas con atención, lenguaje, memoria, emociones y toma de decisiones.

Entre ellas adquiere particular importancia la corteza prefrontal, vinculada con funciones ejecutivas como planificación, memoria de trabajo, atención y control de impulsos.

Y existe una característica fundamental: durante la infancia y la adolescencia estos sistemas todavía están madurando.

Del libro al scroll

Ahí aparece una diferencia interesante.

Leer varias páginas de un libro exige mantener una actividad durante cierto tiempo:

leer → comprender → relacionar → mantener la atención → recordar.

El funcionamiento de muchas aplicaciones digitales introduce otra secuencia:

mirar → decidir → deslizar → recibir un estímulo nuevo → volver a decidir.

En pocos minutos pueden sucederse decenas de videos, imágenes, mensajes y notificaciones.

Eso no significa que leer sea neurológicamente "bueno" y utilizar un teléfono sea "malo". El celular también puede utilizarse para leer, aprender idiomas, resolver problemas, programar o estudiar.

La diferencia está fundamentalmente en qué hacemos con la pantalla y durante cuánto tiempo.

La preocupación por los videos breves

Una revisión científica publicada en 2026 analizó 42 estudios con cerca de 47.000 participantes, centrados en el consumo de videos breves y aspectos neurocognitivos de jóvenes.

El uso intenso o problemático apareció asociado con mayor inatención e impulsividad y menor memoria de trabajo y autorregulación, además de diferentes indicadores de bienestar psicológico.

Pero existe una limitación fundamental: gran parte de los trabajos analizados son observacionales o transversales.

Por lo tanto, una asociación no demuestra que los videos hayan causado esas diferencias.

Podría existir causalidad en una dirección, en ambas o intervenir otros factores. Esa es precisamente una de las cuestiones que la investigación futura deberá resolver.

Atención: una capacidad que también se entrena

Una de las hipótesis científicas más interesantes gira alrededor de la atención.

Las plataformas digitales modernas pueden ofrecer estímulos breves, novedades constantes y recompensas inmediatas. Una actividad escolar tradicional exige frecuentemente lo contrario: mantener la concentración aunque durante varios minutos no aparezca ninguna recompensa inmediata.

Resolver un problema matemático difícil, por ejemplo, puede exigir intentarlo durante diez minutos antes de obtener una respuesta.

Leer un texto complejo requiere conservar información de párrafos anteriores para comprender lo que viene después.

La pregunta científica es si una exposición muy intensa y prolongada a estímulos extremadamente breves puede relacionarse con una menor tolerancia a actividades que demandan atención sostenida.

Hay investigaciones que encuentran asociaciones compatibles con esa hipótesis, pero todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que el celular esté "reprogramando" permanentemente el cerebro de una generación.

El sistema de recompensa también participa

Cuando aparece una notificación, un mensaje inesperado o un video especialmente atractivo entran en juego circuitos cerebrales relacionados con motivación, recompensa y aprendizaje.

El problema no es simplemente la dopamina —una explicación excesivamente utilizada en redes sociales— sino la interacción entre recompensa, novedad, hábitos, atención y control ejecutivo.

El adolescente presenta además una particularidad: los sistemas cerebrales relacionados con recompensa y control ejecutivo no maduran todos al mismo ritmo.

Eso ayuda a comprender por qué esta etapa puede presentar mayor búsqueda de novedad, impulsividad y sensibilidad a determinadas recompensas.

¿Estamos dañando el cerebro de los chicos?

La evidencia disponible no permite realizar una afirmación tan contundente.

Hablar de una generación con el "cerebro destruido por las pantallas" no representa adecuadamente lo que conoce actualmente la ciencia.

El cerebro posee una extraordinaria plasticidad: las conexiones y redes neuronales se modifican continuamente como consecuencia del aprendizaje y la experiencia.

Precisamente por esa plasticidad, los hábitos durante el desarrollo importan.

La pregunta no debería ser únicamente cuántas horas mira un niño una pantalla, sino qué está haciendo durante esas horas y qué actividades está desplazando.

Si desplaza sueño, actividad física, lectura, conversación, estudio o relaciones presenciales, el problema puede ser muy diferente al de un chico que utiliza parte de ese mismo tiempo para aprender o crear.

Lo que está ocurriendo en las escuelas

Los resultados de PISA 2025 aportaron un dato que merece atención: 55% de los estudiantes argentinos declaró que sus compañeros se distraen frecuentemente con dispositivos digitales durante las clases de Ciencias, casi el doble del promedio de la OCDE.

Ese dato no demuestra que los celulares expliquen el deterioro educativo.

Pero muestra que la distracción digital ya forma parte de la realidad cotidiana de las aulas.

Y abre una discusión que recién comienza.

Una pregunta para padres, docentes y científicos

Quizás la cuestión no sea elegir entre tecnología o libros.

La tecnología ya forma parte de la vida y también puede convertirse en una extraordinaria herramienta educativa.

La verdadera pregunta puede ser otra:

¿qué tipo de atención estamos entrenando durante las miles de horas que ocupa la infancia y la adolescencia?

El cerebro joven conserva una enorme capacidad de adaptación. Precisamente por eso, comprender cómo utilizamos la tecnología puede resultar tan importante como discutir cuánto tiempo la utilizamos.

Para padres y escuelas, el desafío posiblemente no sea criar chicos alejados de la tecnología, sino conseguir algo bastante más complejo: que aprendan a dominarla sin que la tecnología termine dominando su atención.