Una política que se mira al espejo: impunidad, traiciones y la desconexión con la gente

Una política que se mira al espejo: impunidad, traiciones y la desconexión con la gente

Entre la defensa de la impunidad, los saltos de bloques y las maniobras internas del poder, la política argentina parece haber perdido su vínculo esencial con la ciudadanía. Mientras se negocian cargos y se discuten fueros, la sociedad espera respuestas concretas que nunca llegan.

La política argentina atraviesa un estado de ebullición permanente. Desde las recientes elecciones legislativas, los movimientos internos, las traiciones y las alianzas efímeras se multiplican, pero cuesta encontrar señales virtuosas entre tanto ruido. Lo que debería ser la excepción —el interés personal por encima del bien común— se ha transformado en la regla.

La impunidad como estandarte

Del lado del peronismo, persiste una defensa cerrada de la impunidad. La reciente confirmación de las condenas e inhabilitación de Guillermo Moreno por parte de la Corte Suprema volvió a desnudar esa lógica. Apenas conocida la sentencia, Miguel Ángel Pichetto se solidarizó con él, argumentando que existe una “supremacía del Poder Judicial” sobre los demás poderes.

Esa reacción resume una idea repetida: los políticos peronistas se consideran parte de una casta especial, con derecho a un código penal propio. La Justicia, en lugar de ser un equilibrio institucional, pasa a ser vista como un enemigo. En otros países, los casos de corrupción política terminan en condenas sin dramatismos ni épicas. En Argentina, se convierten en gestas partidarias.

Los diputados “saltadores”

Del otro lado del espectro, la crisis de representación también avanza. Varios diputados del PRO decidieron pasarse a las filas de La Libertad Avanza, sin explicación convincente hacia los votantes que los eligieron por otro espacio. Ese comportamiento erosiona la esencia misma de la representación democrática: quien ocupa una banca no lo hace por sí mismo, sino en nombre de quienes confiaron en un proyecto.

Pero en la Argentina, cambiar de bloque se volvió casi una costumbre. Nadie parece escandalizarse, ni los propios protagonistas. Es otro signo del deterioro moral y político: la política como carrera personal, sin compromisos ni coherencia.

El tablero oficialista

En el gobierno, el reemplazo de Guillermo Francos por Manuel Adorni en la Jefatura de Gabinete es una muestra más de la volatilidad institucional. Adorni, elegido legislador por la Ciudad de Buenos Aires, deja su banca para ocupar un cargo ejecutivo. Una vez más, la voluntad popular queda en segundo plano frente a las conveniencias personales o partidarias.

Esa conducta alimenta la sensación de que la política se ha convertido en un juego cerrado, autorreferencial, desconectado del país real. Las cifras de abstención electoral lo confirman: una parte creciente de la ciudadanía ya no cree que votar sirva de algo.

La reunión de las milanesas

Mientras tanto, el presidente Javier Milei y Mauricio Macri comparten un almuerzo del que solo trasciende el menú. No hay información sobre temas tratados ni definiciones institucionales. En cualquier democracia madura, un encuentro de ese nivel implicaría explicaciones públicas. En la Argentina, alcanza con el chisme.

Milei busca apoyos coyunturales para avanzar con sus reformas, y los gobernadores —acostumbrados al intercambio— negocian respaldos a cambio de recursos. La política, una vez más, no piensa en los ciudadanos sino en sí misma.

Un país que espera explicaciones

El descrédito es profundo. La gente acepta que el ajuste era inevitable tras años de descontrol, pero reclama algo que la política no entrega: un horizonte. Saber cuándo y cómo mejorará su vida. Mientras tanto, el poder sigue enfrascado en su propio laberinto.

La política argentina parece no encontrar la salida. Está rota, fragmentada en tribus y liderazgos personales. Sin embargo, la reconstrucción del país deberá hacerse —inevitablemente— con lo que hay. Y con una premisa que nunca debería olvidarse: la política existe para servir a la gente, no para servirse de ella.