Un escape de gas que despertó a todos los vecinos

Un escape de gas que despertó a todos los vecinos

Era la madrugada del domingo cuando una pareja estaba volviendo de trabajar y sintió un ruido que los alertó. Inmediatamente se hizo presente un fuerte olor a gas en Maipú al 1600, llegando a la mitad de cuadra. A los pocos minutos llegó la policía y encontró a un culpable, un hombre de la calle que había golpeado una válvula del edifico, sin mayor razón que el querer llamar la atención.

 Cientos de vecinos se despertaron cuando el reloj marcaba las 3 de la mañana, entre la pelea que se estaba dando entre la pareja y el sospechoso, que lejos de darse cuenta de su error, gritaba más y más fuerte. La potente sirena de los patrulleros se hizo sentir, mientras iban llegando más móviles a la intercepción de Pellegrini y Maipú.

 Para los 15 minutos, se había desalojado el edificio con su fuga, con los fantasmas de que sea historia repetida en la ciudad. A su vez, varios eran los que aprovecharon la oportunidad para acercarse, y quizás poder salir de su casa, como un descanso de la cuarentena.

 La policía, que ya había llegado a más de 10 oficiales presentes, se encargaba de mantener la calma, y cortaba el transito constante de colectivos. Mientras diferentes balcones se llenaban de insultos por tanto ruido, se sumó uno aún más potente, el de los bomberos. Vestidos con sus habituales trajes, vinieron ante la alarma, y se encargaron de hacer su trabajo, llegando a la media hora desde que inició el incidente.

 Tirando a las 3.40 fue cuando aparecieron los máximos responsables de dar respuesta. Bajaron de una chata de Litoral Gas dos especialistas, que se pusieron a trabajar, pese a que el olor ya se había ido, y la situación parecía calmada. En el medio, diferentes vecinos no comprendían el escándalo, y se corría el teléfono descompuesto de que era un robo, una fiesta clandestina o quizás una broma de mal gusto.

“Ya está solucionado, continúen la cuarentena” fue el comentario del oficial a cargo del operativo, cuando pudieron cerrar todo, y dar tranquilidad a la esquina que había amontonado tanta gente en mezcla de pijama con ropa informal. A medida que se iban volviendo a su descanso, hubo reclamos e insultos al culpable, que los miraba desde el patrullero, mientras que otros se preguntaban cómo harían para dormir después de tanto escandalo.