La apuesta de Trump por un cambio de régimen.

La apuesta de Trump por un cambio de régimen.

Irán podría ser su mayor jugada hasta ahora.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lanzó una ofensiva militar contra Irán que podría marcar un antes y un después en su segundo mandato y en la política exterior estadounidense. Al ordenar ataques aéreos bajo la denominada “Operación Furia Épica” y propiciar la muerte del líder supremo del régimen iraní, Trump asumió una apuesta de alto riesgo: intentar lograr un cambio de régimen en Teherán utilizando principalmente poder aéreo, sin desplegar tropas terrestres.

Si la operación consigue desmantelar el programa nuclear iraní y desestabilizar de forma irreversible a la República Islámica, Trump podría proclamar una victoria histórica. Pero si el conflicto escala o deriva en una guerra prolongada en Medio Oriente, el costo político y estratégico podría ser enorme, tanto para su legado como para el futuro electoral del Partido Republicano.

Una jugada con alto riesgo estratégico

En su anuncio del inicio de la campaña militar, Trump dejó en claro lo que está en juego. “Los héroes estadounidenses podrían perderse”, afirmó, al sostener que el precio sería necesario para frenar a un régimen que —según sus palabras— ha promovido el caos en la región desde 1979.

La Casa Blanca había advertido previamente que actuaría si Irán no aceptaba un acuerdo para abandonar su programa nuclear, detener la producción de misiles balísticos y cesar el apoyo a grupos aliados como Hamás y Hezbolá. Tras semanas de acumulación militar en la región, el ataque fue monitoreado por Trump desde su residencia en Mar-a-Lago, mientras altos funcionarios seguían la operación en la Sala de Situaciones en Washington.

Sin embargo, más allá del impacto inicial, analistas advierten que la ofensiva podría escapar al control de Washington.

“La suerte está echada y Estados Unidos tiene que llegar hasta el final para lograr un cambio de régimen. El problema es que no se puede lograr sin tropas sobre el terreno”, señaló Mohammed Hafez, experto en violencia política y Medio Oriente.

Riesgo de escalada regional

Irán ya lanzó ataques de represalia contra aliados estratégicos de Estados Unidos en la región, incluyendo Bahréin, Emiratos Árabes Unidos y Qatar, lo que sugiere una estrategia destinada a ampliar el conflicto y afectar la economía global.

Un escenario de guerra regional podría comprometer otras prioridades de Trump, como la reconstrucción de Gaza tras la guerra entre Israel y Hamás, y el fortalecimiento de vínculos con Arabia Saudita.

Además, un conflicto prolongado podría impactar directamente en la economía estadounidense, un frente sensible para un presidente que enfrenta desgaste en sus índices de aprobación por el costo de vida y tensiones internas.

Tensión política en Washington

La decisión de lanzar la ofensiva sin solicitar previamente autorización del Congreso abrió un fuerte debate político.

El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, respaldó la acción al afirmar que Irán enfrenta “las graves consecuencias de sus actos atroces”. Según el liderazgo republicano, la administración agotó previamente las vías diplomáticas.

En contraste, figuras demócratas criticaron duramente la medida. La exvicepresidenta Kamala Harris sostuvo que Trump está “arrastrando a Estados Unidos a una guerra que el pueblo estadounidense no quiere”. El líder demócrata en el Senado, Chuck Schumer, cuestionó la falta de información detallada sobre la amenaza iraní.

También el líder demócrata en la Cámara, Hakeem Jeffries, anticipó que impulsarán una votación para limitar los poderes de guerra del presidente.

La fractura política podría intensificarse a medida que se acercan las elecciones intermedias de noviembre, claves para definir el equilibrio de poder en el Congreso.

Un punto de inflexión para su legado

Trump regresó al poder prometiendo poner fin a las llamadas “guerras eternas” que marcaron la política exterior estadounidense en Afganistán e Irak. Sin embargo, durante su actual mandato ya ha ordenado operaciones en Irán, Venezuela y Siria, ampliando la presencia militar estadounidense en escenarios sensibles.

Sus aliados argumentan que su estilo poco convencional le ha permitido alcanzar resultados inesperados, como acuerdos de alto el fuego y mayor compromiso financiero europeo con la OTAN. Sus críticos, en cambio, señalan la falta de planificación estratégica y la ausencia de una hoja de ruta clara para el “día después”.

El propio Trump ha enviado señales ambiguas sobre los objetivos finales. En declaraciones recientes sostuvo que podría “terminar todo en dos o tres días”, pero también afirmó que los bombardeos “continuarán, ininterrumpidamente, durante toda la semana o mientras sea necesario”.

La incógnita central es si logrará evitar una guerra prolongada y convencer tanto a la opinión pública como a su base electoral —incluido el sector MAGA, históricamente reacio a intervenciones exteriores— de que esta ofensiva es necesaria.

Como ha sucedido con otros presidentes estadounidenses, la decisión de iniciar una acción militar de gran escala en Medio Oriente podría terminar siendo el factor que defina su presidencia. Más allá de los cálculos políticos inmediatos, el desenlace en Irán podría convertirse en el capítulo más determinante de su legado.