Mediadoras y mediadores, un eslabón fundamental a la hora de resolver diferencias

Mediadoras y mediadores, un eslabón fundamental a la hora de resolver diferencias

En una ciudad atravesada por tensiones cotidianas —vecinales, familiares, comunitarias— la mediación aparece como una política silenciosa pero decisiva.

No promete soluciones mágicas ni fallos inmediatos: ofrece algo más valioso y, muchas veces, escaso en tiempos de urgencia y enojo. Ofrece diálogo.

El Servicio Municipal de Mediación sostiene su trabajo desde una fuerte presencia territorial, con oficinas en los seis distritos de Rosario. Allí, mediadoras y mediadores cumplen un rol clave: intervenir desde la neutralidad para descomprimir conflictos que, de otro modo, escalarían hacia la violencia o la judicialización. Su tarea no es imponer decisiones, sino habilitar la palabra, ordenar el intercambio y reconstruir vínculos.

Como explica la titular del área, Clara Lombardo, la mediación se apoya tanto en la formación como en la vocación. No se trata solo de saberes técnicos —aunque los hay— sino de una disposición ética: escuchar, comprender y acompañar. “El mediador se hace”, señala, y en esa frase se condensa una mirada que entiende a la mediación como un oficio de construcción social.

Quienes llegan a estos espacios suelen hacerlo cargados de ansiedad, enojo o angustia. Lo sabe bien Verónica Haubenreich, a mí

Norma S. Mijoevich y Adrián J. Gianángelo en los distritos Centro y Norte; Liliana UtreraHaidee Riccucci en el Sur. Todas y todos comparten una misma premisa: crear espacios seguros y confiables donde el conflicto pueda expresarse sin miedo.

El impacto de esta política se mide, sobre todo, en historias concretas. La de Alicia de la Cruz, vecina de Fisherton, es elocuente. Tras años de convivir con un problema que afectaba su salud y su tranquilidad, encontró en la mediación una salida efectiva. Gracias a la intervención municipal, logró que los herederos de una propiedad abandonada asumieran su responsabilidad. El conflicto se resolvió sin juicio, sin desgaste, sin vencedores ni vencidos.

En tiempos donde el enfrentamiento parece ganar terreno, la mediación recuerda algo esencial: que la convivencia no se decreta, se construye. Y que para construirla hacen falta personas dispuestas a escuchar, a tender puentes y a creer que el diálogo todavía es posible.